La Ciudad celebró la historieta con una convocatoria histórica
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Durante cuatro días, la Casa de la Cultura dejó de ser un edificio más del circuito porteño para convertirse en el epicentro de una verdadera celebración cultural: la Bienal de Historieta de Buenos Aires cerró con salas colmadas, aplausos sostenidos y una energía que confirmó que el cómic no sólo está vigente, sino que atraviesa un momento de expansión y reconocimiento inédito.
“Esta Bienal es una delicia francamente… es una oportunidad única”, resumió con entusiasmo el cineasta español Alex de la Iglesia, en una visita inesperada que terminó de coronar un evento que, desde su concepción, apostó a posicionar a la Ciudad como un nodo internacional de la historieta.
Lo que ocurrió entre el 19 y el 22 de marzo no fue simplemente una muestra o una agenda de actividades: fue una demostración concreta de la potencia cultural de la historieta como lenguaje híbrido, capaz de cruzar fronteras, generaciones y formatos.
Yo recorrí el pulso de esta Bienal en cada sala repleta, en cada conversación cruzada entre artistas y público, en cada mesa de debate donde se respiraba la sensación de estar ante un fenómeno en plena consolidación.
La convocatoria fue, sin exagerar, masiva. Miles de personas pasaron por la Casa de la Cultura, confirmando un dato que ya nadie puede discutir: el cómic dejó de ser considerado un “arte menor” para ocupar un lugar central dentro de la industria cultural.
En ese sentido, el padrinazgo de José Muñoz no fue un detalle menor, sino una declaración de principios que conectó la tradición con el presente.
El cierre estuvo a la altura de la expectativa generada. Primero, una charla dedicada al icónico Loco Chávez puso en foco la vigencia de los clásicos argentinos, destacando su capacidad de dialogar con las problemáticas actuales.
Luego, el recital de Leo García funcionó como un broche festivo que sintetizó el espíritu del evento: una mezcla de cultura popular, emoción colectiva y celebración artística.
Pero el corazón de la Bienal estuvo en sus contenidos. El programa incluyó conversatorios, entrevistas y ponencias que reunieron a referentes de distintos puntos del mapa global.
Desde América Latina hasta Europa y Japón, editores, investigadores y artistas intercambiaron miradas sobre el presente y el futuro de la historieta.
Allí se discutió desde la evolución de los formatos editoriales hasta el impacto de las nuevas plataformas digitales, pasando por el rol del cómic como herramienta narrativa para interpretar la realidad.
En paralelo, las mesas con autores argentinos ofrecieron una cercanía poco habitual. Figuras como Tute, Alejandra Lunik o Mariana Ruiz Johnson compartieron experiencias, procesos creativos y desafíos del oficio.
Esa interacción directa con el público fue uno de los grandes aciertos del evento: no se trató de una exhibición distante, sino de un espacio vivo, en diálogo permanente.
La ministra de Cultura porteña, Gabriela Ricardes, puso en palabras lo que muchos percibían en el ambiente: la historieta como una de las expresiones más potentes de la identidad cultural.
Su mirada no sólo apuntó al valor artístico, sino también al potencial económico y productivo del sector, que hoy forma parte de una industria en crecimiento sostenido.
Uno de los momentos más destacados fue, sin duda, la presencia de Alex de la Iglesia. Su recorrido por la muestra y sus elogios hacia la obra de Alberto Breccia no sólo aportaron visibilidad internacional, sino que también funcionaron como un reconocimiento externo de peso.
Cuando habla de una “belleza cósmica”, no está exagerando: está poniendo en valor una tradición gráfica argentina que ha influido a generaciones enteras.
La muestra principal, dedicada a José Muñoz, dialogó con propuestas contemporáneas y con artistas de distintas latitudes. Desde Iván Brunetti hasta Eldo Yoshimizu, pasando por Maliki y Eduardo Risso, la diversidad estilística fue uno de los puntos fuertes.
A eso se sumaron referentes locales de enorme trayectoria como Maitena, Horacio Altuna o Quique Alcatena, entre muchos otros.
También hubo espacio para la memoria: originales de la primera mitad del siglo XX permitieron trazar un recorrido histórico que incluyó nombres fundamentales como Hugo Pratt, Breccia y José Luis Salinas. Ese cruce entre pasado y presente reforzó una idea central: la historieta argentina no sólo tiene historia, sino también futuro.
El subsuelo, con sus instalaciones audiovisuales, aportó una dimensión experimental que amplió los límites tradicionales del medio.
Allí, el cómic se fusionó con otros lenguajes, demostrando su capacidad de adaptación y reinvención constante.
Otro eje clave fue el Programa Profesional, que ofreció instancias de formación, networking e intercambio. Este tipo de espacios resulta fundamental para consolidar la industria, generar oportunidades y proyectar a nuevos talentos.
No es casual que esta edición retome el legado de la Bienal de 1968 en el Instituto Di Tella. Aquella experiencia marcó un antes y un después en la legitimación del cómic como objeto de estudio.
Hoy, más de medio siglo después, la historia parece encontrar continuidad en un contexto completamente distinto, pero con la misma ambición: poner a la historieta en el lugar que le corresponde.
Lo que dejó esta Bienal no es sólo una postal de éxito, sino una señal clara de hacia dónde se dirige la escena cultural porteña.
La historieta ya no pide permiso: ocupa su espacio, dialoga con el mundo y confirma que sigue siendo una de las formas más vivas y versátiles de contar quiénes somos.


